Categoría: Miscelánea histórica
16 Enero 2011
Que Horacio González -sociólogo, crítico literario, politólogo, director de la Biblioteca Nacional y "ainda mais"- es un escritor oscuro ¿quién puede dudarlo? ¿Quién puede asegurar que no necesita releer una, dos, tres veces algunos de los párrafos de sus extensos artículos para intentar penetrar en el significado correcto de los mismos? Tarea sin embargo infructuosa las más de las veces, hay que reconocerlo. Maestro en el uso de la elusión metafórica, de la ambigüedad, del ocultamiento deliberado, González se nos evade por todas las tangentes de su prosa, inclusive cuando ésta parece adoptar rasgos de cierta claridad estilística. Un ejemplo, este fragmento de su reciente comentario sobre el libro de Vargas Llosa "El sueño del celta" ("Página 12", 16-1-2011):
"Es ahí, ya convertido en un nacionalista radical, que (Roger Casement, protagonista de la novela) mostrará su veta fundante, una militancia alucinada en un momento histórico singular, a la que es llevado por haber asimilado la situación de opresión en el Congo y el Amazonas con el avasallamiento que ejerce Inglaterra sobre Irlanda. Casement era partidario de asociar la insurrección irlandesa de 1916 a las operaciones del ejército alemán contra Gran Bretaña. Son temas que difusamente arrastran, con algunos ecos sofocados, ciertos nombres argentinos. Allí están las obras de Scalabrini Ortiz, de los hermanos Irazusta, el nacionalismo antibritánico, desde luego, y la veta "irlandesa" de la política nacional, un Walsh, un Cooke, y por qué no el coqueteo "irlandés" que realiza el "probritánico" Borges en Tema del traidor y del héroe, al que sin duda Vargas Llosa rinde tributo".
¿Qué quiere decir González con "era partidario de asociar la insurrección irlandesa de 1916 a las operaciones del ejército alemán contra Gran Bretaña", práctica difusa que vincula enseguida a los nombres de Scalabrini Ortiz, los hermanos Irazusta y un supuesto nacionalismo exclusivamente "antibritánico"? ¿Con esa elusiva frase -asentada en el aquí ambiguo infinitivo "asociar"- González pretende atribuir simpatías nazis a Scalabrini por su militancia neutralista durante la segunda guerra mundial? (No hablamos de los Irazusta porque en ese caso la atribución -si ésta existe, con González nunca se sabe- puede resultar si no acertada por lo menos pertinente).
Lo cierto es que si de atribuir filonazismo a Scalabrini se tratara, González no hace más que repetir los infundios que la prensa amarilla de su época, con el vespertino "Crítica" a la cabeza, dejó caer sobre el autor de "La Manga" y que a esta altura la historiografía más seria, desde Galasso a Halperín Donghi, ha desestimado largamente. El mismo Scalabrini lo ha explicado con claridad nada gonzaleana:
"Yo creía que mi obra íntegramente dedicada a dilucidar los problemas argentinos a la que estoy dedicado con absoluta exclusión de toda idea de lucro o beneficio personal, me ponía a cubierto de tan viles suposiciones y que los diez años en que a partir del 6 de septiembre de 1930 luché por los ideales de la Unión Cívica Radical debían darme, por lo menos, ese poco de respeto que merecen los hombres generosos que saben jugarse por sus ideales, pero veo que en este mundo al revés en que estamos viviendo será necesario defenderse para no ser arrollado por la desvergüenza desbocada" (Carta al Director de "Crítica", 18 de junio de 1941).
¿Otros tiempos, otros hombres? ¿Otras maneras de expresar las mismas ideas? Enfrentados a los textos de González las preguntas acuden irremediablemente.
Y en tren de hacernos preguntas ésta no nos parece del todo descaminada: ¿acaso Horacio González se complace en su decir ambiguo porque no quiere ahuyentar a su clientela de Página 12 y otras publicaciones, alimentada en una doble vertiente de progresismo abstracto por un lado y nacionalismo popular por el otro? ¿Ese decir ambiguo es en el fondo un guiño cómplice, y por esencia equívoco, a los plurales lectores a los que se dirige? ¿La prosa de González se oscurece deliberadamente con el propósito de servir a dos señores? No lo sabemos ni queremos creerlo, pero si no ¿por qué esas comillas pudorosas envolviendo al adjetivo "probritánico" referido a Borges? ¿Por ventura duda González de la anglofilia entrañable y nunca desmentida del gran escritor? ¿Lo de probritánico va para los nac & pop y las comillas son una concesión dirigida a la progresía cosmopolita?
Que nos perdone el autor de "Retórica y Locura" -cuya presencia fundante (empleando un vocablo que le es caro) en la creación de "Carta Abierta" no podemos menos que encomiar- pero muchas veces leyendo, es decir, descifrando sus escritos, uno piensa que ha logrado superar a su admirado Martínez Estrada. Éste era capaz, en un mismo libro, de expresar una idea y pocas líneas más adelante aseverar todo lo contrario. González suele encerrar esa duplicidad en una línea, a veces en una sola palabra. Es decir, si es que no lo entendimos mal.
Juan Carlos Jara
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30 Noviembre 2010

Desde hace muchos años, décadas diría, que no veíamos a un equipo de fútbol jugar con la categoría que lo hizo ayer por la tarde el Barcelona de Messi e Iniesta.
Habría que retroceder al Santos de Pelé o a la gloriosa Hungría de Puskas para encontrar un once tan sutil, preciso y efectivo como el que en el Camp Nou borró de la cancha al Real Madrid batiéndolo por 5 a 0 (que bien pudieron ser 6, 7, 8 o hasta 10 goles, de habérselo apenas propuesto el "dream team" catalán).
Aunque las actuales hinchadas argentinas puedan asombrarse -hinchadas conformadas en el esquema bilardiano de "ganar a cualquier precio"-, el estilo futbolístico enarbolado por el Barcelona fue el que se jugó -con mayor o menor esplendor- en las canchas de nuestro país hace más de medio siglo.
El Mundial de Suecia (1958) con aquel nefasto 1 a 6 frente a los checos produjo la debacle de la que ya jamás nos pudimos reponer.
Dirigentes como Alberto J. Armando en Boca y Antonio Liberti en Ríver, prolijos desconocedores del abc futbolístico pero expertos en materia de negocios (sobre todo los propios) dieron pie al entronizamiento en cada equipo de esos inefables personajes a los que muy pomposamente se llamó, y se sigue llamando, "directores técnicos". Hombres como Renato Cesarini, Argentino Geronazzo, Osvaldo Zubeldía, Faldutti, Ignomiriello y tantos, tantos otros (sólo citamos los que nos vienen ahora a la memoria) se fueron trocando poco a poco en las estrellas consulares de cada equipo. Para ello debieron convertir a los jugadores (no pocas veces con el beneplácito de éstos) en meros engranajes de una máquina que ellos dirigían con mano tan dura que hubieran provocado la envidia del mismísimo "ingeniero" Blumberg.
A partir de allí ya no importó el talento del jugador sino "el trabajo de la semana"; la espontaneidad de los "cracks" -cada vez más infrecuentes-, sino el trabajo de "pretemporada" o la salvadora "pelota parada".
Hasta se llegó al extremo de que en el país de Maradona y de Messi -los últimos pequeños gigantes aportados por nuestro pueblo al deporte más popular del país-, los periodistas "expertos" en fútbol reclamaran a gritos que se llamara a la selección a jugadores de elevada estatura, porque con los "bajitos" nos privábamos de ganar con algún cabezazo redentor que después nos permitiera abroquelarnos bajo nuestro propio arco hasta esperar con angustia el pitazo final del árbitro.
Es así como hoy comprobamos que Racing no es el Racing de Yacob o Gío Moreno, sino el Racing de Russo, su técnico; así como Independiente es el equipo de Mohammed, Boca el de Pompei y Tigre el de Caruso Lombardi, por no mencionar sino a unas pocas instituciones del fútbol argentino.
Del mismo modo, en cada transmisión televisiva es posible observar el espectáculo -por lo común más interesante que el que tiene lugar en el campo de juego- de ambos entrenadores desgañitándose a orillas de la línea de cal. Desde allí envían perentorias indicaciones a sus dirigidos, sin dejar de mirar con el rabillo del ojo si la cámara de Fútbol para Todos difunde hacia todo el país su desaforado estilo de conducción "técnica" por control remoto. Actuar "pour la gallerie", diríamos finamente; para "la gilada", con mayor nitidez.
El Barcelona de Iniesta y Messi -más que de Guardiola- nos ha vuelto a demostrar que al fútbol lo juegan los jugadores y que, si éstos son talentosos, el tan profesionalizado balompié se convierte en uno de los deportes más hermosos del mundo, un verdadero arte cuando lo practican hombres como los que ayer nos deslumbraron en el verde césped del Camp Nou.
Juan Carlos Jara
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2 Noviembre 2010
"Fue un diálogo excluyente entre la Presidenta y la muchedumbre que ingresaba al salón y entregaba lágrimas, rosarios, cartas, camisetas, gritos, imprecaciones y consignas que chocaban contra todo protocolo funerario".
Susana Viau, Clarín, 31.10.2010.
No es necesario ser semiólogo o experto en estrategias de discurso para percibir el escozor que la presencia popular en el sepelio de Néstor Kirchner produjo en la columnista de Clarín, otrora ¡ay! convencida seguidora de las banderas del Che. ¡Una (ex) guevarista preocupada por el protocolo funerario! ¡Una (ex) guevarista que donde hay pueblo sólo ve"muchedumbre", donde hay dolor y rebeldìa ve "imprecaciones"! Una (ex) guevarista guiñando cómplice a su clientela de la progresía, cada vez más escuálida, en el doble sentido del término. El mito cortazariano de la "casa tomada" (por el pueblo peronista) sigue haciendo temblar a estas dulces almas de la clase media (seudo) intelectual argentina.

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23 Octubre 2010
Muchos han sido en los últimos tiempos -y contradictorios, y casi nunca desinteresados - los vaticinios acerca de los pasos futuros del gobernador de la provincia de Buenos Aires, Daniel Scioli.
Se han puesto plazos a su lealtad kirchnerista, intentándolo empujar al terreno del cobismo explícito, al tiempo que con el mismo objetivo se lo "torea" enrostrándole una supuesta falta de carácter -"trapo de piso de Kirchner", en el lenguaje crispado de Mariano Grondona.
Tales incitaciones, cada día más exasperadas, de parte de una oposición a la que aterran los guarismos de los encuestadores para las presidenciales del 2011, han sido respondidas por el gobernador con su habitual parquedad y ambigüedad ideológica.
No pretendemos dilucidar aquí el enigma Scioli, ni mucho menos adelantar algún pronóstico acerca del devenir de la política argentina de mañana nomás: la bola de cristal de López Rega -heredada por Lilita Carrió - sigue sin ofrecer demasiadas garantías de credibilidad.
Simplemente queremos compartir este prólogo de Scioli a la "Historia de la Nación Latinoamericana" de Jorge Abelardo Ramos, edición de 2006, donde el entonces vicepresidente de la Nación desliza algunas opiniones sobre la Patria Grande.
Aquí está:
"PROLOGO
"Historia de la Nación Latinoamericana es la gran aventura intelectual que Jorge Abelardo Ramos ha transitado magistralmente. Se trata de la primera visión integral de nuestro pasado. Desde el Río Bravo en México, hasta el Cabo de Hornos, el autor hilvana minuciosamente los retazos de un pasado fragmentado. Solo estudiando la historia social de nuestros pueblos podremos comprender el presente y vislumbrar con esperanzas, el futuro.
No conocí personalmente a Jorge Abelardo Ramos, pero sí a su hijo Víctor, a quien conozco desde hace muchos años. Él ha sabido transmitir la pasión de su padre por las ideas continentales, militando activamente por ellas desde el campo de la política y la cultura.
La propuesta de Abelardo contenida en esta obra, que hoy felizmente se reedita, es el primer punto de la agenda de los estadistas del nuevo siglo: la integración regional. Juan Domingo Perón señalaba en modo de consigna y síntesis ‘Latinoamérica: ahora o nunca' e impulsaba, consecuentemente la integración del ABC, por Argentina, Brasil y Chile como paso previo a la unidad del conjunto de países hermanos.
Hoy a ese camino emancipador lo llamamos Mercosur. Las líneas trazadas por los grandes Libertadores, que yo llamaría también, unificadores, están marcadas.
Solo nos queda accionar las políticas concretas, para que un día no muy lejano, se pueda conformar de toda América Latina una única y gran Patria común.
Daniel Osvaldo Scioli
Presidente del Honorable Senado de la Nación".
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31 Agosto 2010
Lo conocimos hace cerca de 20 años en las inmediaciones de Plaza Brandsen. Allí tenía su casa y la "agencia de quiniela y prode", que atendía personalmente (junto a Cota, su esposa) con la cordialidad y simpatía que le eran connaturales.
Pronto nos hicimos sus clientes, no tanto porque creyéramos que la Diosa Fortuna fuese a acordarse alguna vez de nosotros -nunca fuimos tan ingenuos- sino porque buscábamos despertar en él esas imágenes reminiscentes de un mundo popular, potente y desaparecido, que sin embargo en su charla, simple pero llena de calidez, parecía volver a la vida con fuerza inusitada. Imágenes de su juventud, de sus glorias deportivas, de su amor compartido desde muchacho por las enseñas tripera y xeneise. Anécdotas pintorescas o emotivas de las que siempre emergía la figura de Roberto Cherro, su amigo fraternal al que tanto quiso y respetó toda la vida.
Nosotros le preguntábamos por sus goles y él los contaba poniendo en su relato la misma pasión con que los había concretado hace tantos años. Cada uno de esos goles, sólo retenidos en su memoria prodigiosa y en alguna amarillenta instantánea del Gráfico, lo devolvían a aquella época dorada de los 20: con Carlitos Gardel, su gacho gris y su sonrisa flotando por la Corrientes angosta, o cantando para ellos (los muchachos de la selección) horas antes de aquella final en Montevideo, donde muchos fueron a menos por miedo o por prudencia, pátinas que jamás mancharon sus pergaminos de deportista cabal, de futbolista al que la palabra gallardía nunca le quedó grande.
A esas alturas, tal vez, sus evocaciones eran -como diría el poeta Barbieri- solo "recuerdos de recuerdos", pero los contaba con la misma pasión y el mismo júbilo que habia puesto al jugar.
Era el último representante de una época del fútbol argentino -y mundial- malversado después por los técnicos mentirosos, el periodismo complaciente, la dirigencia venal.
Lo llamaban "cañoncito", por la potencia y dirección de su "shot". Fue uno de los más grandes goleadores de Boca , Gimnasia y la selección. Acabo de escuchar que ha muerto, a los cien años, en su casa de La Plata, seguramente aquella de Plaza Brandsen, con agencia de quiniela al frente, donde lo conocí.
Ahora los ángeles y los gorriones lo tendrán en su equipo, gritarán sus goles, disfrutarán, desde una eterna tribuna celestial, de su guapeza en el área, de su electrizante dribling corto y su mortífero remate.
juan carlos jara
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10 Julio 2010
Por Juan Carlos Jara
1910. La región pampeana, esa "estepa sin nieve", como la llamó Rubén Darío, vertía sin cesar hacia Europa su notable riqueza agropecuaria, mientras recibía de todas las latitudes inmensos contingentes humanos lanzados a la conquista de "l' America".
Entre suntuosas veladas en el Colón, discursos grandilocuentes, pompa, boato y bombas anarquistas que no lograron romper el tono de los festejos, se celebraba el primer centenario de la revolución de mayo.
Lugones le cantaba con unción a las praderas cubiertas de ganados y de mieses y Rubén elevaba su acento profético para exaltar el esplendoroso porvenir de estos parajes:
He aquí la región del Dorado,
he aquí el paraíso terrestre,
he aquí la ventura esperada,
he aquí el Vellocino de Oro,
he aquí Canaán la preñada,
la Atlántida resucitada...
Hasta pocas décadas atrás, sin embargo, esos fértiles campos de la pampa húmeda -motor de la expansión argentina- formaban parte del "desierto", tierra de nadie y de todos ocupada por indios pampas y gauchos matreros, boleadores de ñandúes y carneadores del ganado más o menos cimarrón que se reproducía incesantemente desde los tiempos de la colonia.
En pocas décadas, de ser un país secundario, "subdesarrollado", la Argentina se había convertido en la tierra de promisión que daba su bienvenida a todos los hombres del mundo que quisieran habitarla. El sueño de Alberdi y de Sarmiento se había cristalizado. Era el triunfo final del progreso sobre el atraso, de la civilización sobre la barbarie, de Juan Sin Ropa sobre Santos Vega.
Para reforzarnos en esa convicción, el economista británico Angus Maddison ("La economía mundial, 1820-1992. Análisis y estadísticas", Madrid, 1997), nos dice que nuestro país se hallaba entonces entre los diez u once con más alta renta per cápita del planeta.
La fórmula para alcanzar indicadores tan halagüeños fue sintetizada de este modo por la oligarquía terrateniente, principal beneficiaria de ese crecimiento: la Argentina era fruto del oro inglés, el brazo italiano y el libro francés.
Mientras tanto, la población nativa, cuya sangre sólo había servido en el pasado para abonar la tierra -según la conocida aserción del Padre del Aula- era hipócritamente sacralizada en la mitologización del gaucho como deidad máxima de una Argentina bárbara y romántica que - gracias a Dios- había dejado de existir.
Ahora bien, si como apunta con acierto Mario Rapoport, las citadas cifras de Maddison ubican en 1950 a Quatar, pequeño país petrolero dominado y usufructuado por unas pocas familias, en el primer lugar del mundo por el nivel de su PBI, cabe preguntarse si la fiabilidad de su procedimiento explicativo no debe ser tomada con alguna reserva.
En efecto, por esa leve grieta metodológica se nos cuela una duda capaz de llevarnos a conclusiones mucho más interesantes y acertadas.
Admitiendo que la integración de las pampas en el mercado internacional haya puesto a nuestro país en el nivel de una "potencia emergente" -dicho en lenguaje del presente-, otros indicios (como aquellas bombas anarquistas que mencionábamos al comienzo) nos permiten sospechar que la riqueza no se derramó del mismo modo por todos los intersticios de la estructura social.
En otras palabras, que derroche oligárquico y penuria popular fueron los dos términos de una misma ecuación, basada en la desigualdad y la más cruda discriminación de las clases "de pata al suelo".
Si no nos basta con el trabajo clásico de Juan Bialet Massé, "El estado de las clases obreras argentinas a comienzos de siglo", recurramos a los boletines del Departamento Nacional del Trabajo o a la literatura testimonial de la época, y podremos comprobar que la Argentina de aquellos años nos enfrenta con una de las economías más regresivas del mundo en materia de legislación social y distribución del ingreso.
Pero además de injusto y poco inclusivo, el modelo agroexportador del Centenario era un proyecto sin destino.
Cuenta Arturo Jauretche ("El medio pelo en la sociedad argentina", Peña Lillo, 1966) que la economía norteamericana también se incorporó al mercado mundial con sus carnes y cereales en la misma época que la Argentina. Pero con una diferencia cardinal: la burguesía yanqui supo capitalizar la riqueza que generaban sus exportaciones sin perder la conducción de otros factores como los de comercialización, transporte y crédito. "No se limitó a producir y vender sobre el lugar de producción entregando la parte del león a los exportadores. La hizo suya, la reinvirtió y proyectó los recursos logrados sobre el desarrollo interno, acompañando la marcha hacia el oeste".
Nada de eso se dio entre nosotros, donde la sutil inteligencia británica (el "oro inglés" de la fórmula oligárquica) fue la que dominó el proceso desde el principio hasta el final.
Transcurrido un largo siglo desde aquella época, no es tiempo de fustigar a las generaciones del pasado por su falta de visión y su enfeudamiento a una división internacional del trabajo que manejaban poderes extranjeros.
El intercambio de materias primas por manufacturas y bienes de capital, a costa de un endeudamiento exterior creciente - producto del deterioro en los términos del intercambio- sólo podía sostenerse durante un cierto período pero creando las condiciones para el estallido final que se dio a la postre con la crisis de 1930.
Lo que en cambio no resulta justificable es pretender aun hoy que ése -y no el inclusivo e industrialista del ‘45- sea el modelo al que debe regresar nuestro país para retomar un destino de grandeza que determinados sectores argentinos siguen ubicando en los años del Centenario.
Nos estamos refiriendo a los hombres y mujeres de la actual oposición, nostálgicos de esa Argentina monoproductora y desigual que pretendió resurgir con parecidos parámetros a los de 1910 en los desdichados años menemistas y en los días no menos aciagos que precedieron al voto no positivo del incalificable Julio Cobos.
Su obstrucción, directa o sesgada, a medidas como la nacionalización de Aerolíneas y Correo Argentino, recuperación de los fondos de pensión, desendeudamiento externo, desvinculación de las políticas de ajuste del FMI, asignación universal por hijo, incrementos jubilatorios, etc., los convierte en herederos directos (el caso de Federico Pinedo es la muestra más acabada) de aquellos "probos repúblicos" que, luego de vivir tirando manteca al techo en los cabarets parisinos, terminaron de hinojos ante su Graciosa Majestad, ofrendándole la Argentina como la joya más preciada de su corona.
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27 Mayo 2010

Diputada Cecilia Merchán
Bajo el título "Las voces de la oposición", el matutino Página 12 (http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/146417-47044-2010-05-27.html) transcribe hoy opiniones de distintos dirigentes de ese sector con respecto a los recientes festejos con motivo del Bicentenario.
Entre otros dicen lo suyo -que es lo de siempre, la pura banalidad y vacuidad política-, los máximos capitostes del centenario y apolillado partido Radical, Ernesto Sanz y Gerardo Morales; la omnipartidaria Patricia Bullrich; el millonario colombiano Francisco de Narváez y la progresista "libre del sur" Cecilia Merchán.
En un discurso mutuamente calcado, todos destacan "el mensaje de unidad política" brindado por el pueblo y como contrapartida critican "el microclima político" provocado por el intercambio epistolar nada romántico entre la Presidenta de la Nación y el jefe de gobierno porteño Mauricio Macri.
Sin embargo, la apreciación de Merchán tiene una particularidad: luego de recalcar con frase juvenil que "el festejo fue alucinante" afirma acertadamente que "la gente en la calle demostró las ganas de recuperar la historia desde otro lugar, recuperando banderas que no se levantaban tan fácilmente, como las relacionadas con los pueblos originarios, los negros y los patriotas desde otro punto de vista". Luego, ¡ay!, recae en el horror al conflicto que muestran sus colegas de "derecha": "La pelea entre Macri y Cristina pasó a un total segundo plano. El festejo en la calle fue tan grande, tan masivo, que esa discusión del microclima político quedó como un novelón, como una paparruchada. Ya fue."
Las preguntas que surgen son, entre otras, éstas: ¿cree por ventura la legisladora Merchán que la recuperación de esas banderas históricas se ha producido por generación espontánea? ¿No advierte acaso en el resurgir de ese "otro punto de vista", que es el punto de vista del revisionismo histórico, ningún mérito atribuible al gobierno? ¿Jamás escuchó a la Presidenta referirse en términos encomiásticos a Francisco Solano López, al Moreno estatista del Plan de Operaciones, a Castelli, Juana Azurduy, Scalabrini Ortiz, Jauretche y tantas y tantas figuras ninguneadas secular y minuciosamente por los escribas a sueldo de la historia oficial? ¿Es sólo un novelón, una paparruchada el enfrentamiento de Cristina con uno de los máximos representantes de la Argentina de la exclusión y el envilecimiento? ¿Su ceguera de microclima partidista no le permite reconocer que, todo lo degradada que se quiera, la figura de Macri representa la continuidad de la política material y simbólica con que Bartolomé Mitre ocultó bajo siete llaves esas "banderas que no se levantaban tan fácilmente" hasta poco tiempo atrás? ¿No vio al Dr. De la Rúa, feliz y distendido, asistir con su señora esposa al exclusivo acto de reinauguración de nuestro primer coliseo? Y una última pregunta: ¿de qué lado estuvo usted, señora Merchán, cuando se discutió la resolución 125? La respuesta a esta requisitoria final sería muy aleccionadora y obviaría la necesidad de cualquier otra contestación.
Juan Carlos Jara
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24 Mayo 2010
Tantas veces me mataron,
tantas desaparecí...
M. E. Walsh
Nos mataron con Moreno en alta mar
Nos mataron con el interminable y tramposo empréstito de Baring Brothers
Nos mataron con Monteagudo en Lima, con Dorrego en Navarro, con Facundo en Barranca Yaco
Nos mataron cuando San Martín y Artigas debieron emigrar al exilio, cuando Rivadavia boicoteó el Congreso de Panamá, cuando Mitre impuso su paz a palos en el Interior
Nos mataron con el Chacho en Olta
Nos mataron en Villamayor y en Margarita Belén, en Napalpí y en Plaza Lorea
Nos mataron con los paraguayos en la guerra de la triple infamia (como la llamó Alberdi)
Nos mataron desalojándonos del "Desierto" (que habitábamos)
Nos mataron en la Semana Trágica
Nos mataron cuando un vicepresidente dijo que éramos la joya más preciada del Imperio Británico y otro conspiró con un voto "no positivo"
Nos mataron en las noches tristes
de las corbatas
de los lápices
del fatídico apagón en Ledesma
Nos mataron en el bombardeo a Plaza de Mayo y en las "inolvidables lluvias de septiembre" que exaltara Borges
Nos mataron en José León Suarez y en Campo de Mayo
Nos mataron con las monjas francesas
Con los palotinos
Con Angelelli y con Mujica
Nos mataron en la encerrona de Trelew
Nos mataron con los planes económicos (antítesis del Plan de Operaciones)
el Prebisch
el Austral
el Primavera
el Plan de Convertibilidad
Nos mataron (silenciosamente) entre los guiños de Alsogaray
y las lágrimas hipócritas de Domingo Felipe
Nos mataron setenta veces 30 mil
En la Esma y en las fábricas
En Paysandú y en la Vuelta de Obligado
El 2 de abril de Martínez de Hoz
y el 19 y 20 de diciembre del señor de la Rúa
Nos mataron con saña y con cálculo
con revanchismo
con toneladas de odio
racial
de clase
oligárquico
imperialista
Tantas veces nos mataron ...
sin embargo
seguimos
aquí,
resucitando ...
Juan Carlos Jara (sobre una idea de Mónica Gianolli)
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